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Pinganillos en el Senado

El pleno de la Cámara Alta se ha convertido en una torre de Babel por la autorización de la traducción simultánea para seguir las sesiones cuando se utilice una de las lenguas cooficiales. Los senadores están en su derecho de hablar en la lengua cooficial que les apetezca en los pasillos del Senado, pero dentro de la Cámara deberían tener la obligación de hablar en la lengua oficial del Estado, que es el español. Este es el capricho de unos nacionalistas que se imaginan así que están es un pleno del Parlamento Europeo. Y este esperpento se acepta por la cobardía política del PSOE que ha apoyado esta iniciativa.

Nadie pone en duda que las lenguas españolas enriquecen España. Nadie está en contra del catalán, euskera, gallego o valenciano. Y nadie pone en duda que detrás de cada una de las lenguas de España hay un valor cultural. Debemos sentirnos orgullosos de este nivel cultural del que nadie con sentido común pone en duda. Las lenguas cooficiales se emplean habitualmente en sus respectivos territorios, donde hay que continuar difundiéndolas al igual que el español. Creo que todos los españoles estamos de acuerdo en todo esto.

Pero implantar el capricho de los pinganillos de los grupos nacionalistas junto al PSOE es convertir el Senado en una torre de Babel. Todos los senadores se entienden perfectamente en la lengua común, el español, es absurdo. Esto ocurre porque lo que si hay es una duda sobre lo que es el Estado. Un Estado es una soberanía territorial, es una soberanía financiera, es un instrumento de defensa y es una lengua común. Luego, en España tenemos una lengua común que es el español y también otras lenguas que se hablan dentro de  algunas comunidades autónomas. Por lo tanto, un español tiene derecho a hablar en español en cualquier comunidad autónoma de España y los demás tienen obligación estatal de aceptarlo.

El Senado es una Cámara nacional, mientras que en los parlamentos autonómicos, por ejemplo el de Cataluña, si alguien habla en catalán lo entienden. Pero cada lengua tiene su ámbito oficial de acuerdo con nuestra Constitución y ordenamiento.  Entonces, en una Cámara nacional, donde se debaten temas de alcance nacional, se habla y se debe hablar la lengua común y oficial del Estado y de todos los españoles. Introducir el pinganillo ahí es no entender nada. Porque de la misma manera que se ha aceptado que en el parlamento de Cataluña se hable catalán, que en el parlamento de Galicia se hable gallego, que en el parlamento del País Vasco se hable euskera y de la misma manera en el valenciano, pues de la misma manera ellos cuando están en una Cámara nacional han de hablar la lengua de todos, que por cierto, la conocen perfectamente.

Aquí ya cualquier mamarrachada pasa por la corrección política y todo vale. La imagen de los senadores con el pinganillo es uno de los momentos más patéticos de la historia de España. El esperpento que se ha producido en el Senado es la consumación de aquella claudicación, de aquella cobardía que se perpetró en la Constitución ante los nacionalistas al denominar a la lengua española castellano.

Gonzalo de Berceo escribía en castellano, Quevedo escribía en español. Hay que darse cuenta hasta qué punto la denominación de castellano es absurda, ya que somos el único país del mundo hispanohablante cuya lengua constitucional no es el español, sino el castellano. Constitucionalmente, oficialmente y legalmente la lengua de Argentina, Méjico, Bolivia, Venezuela, Cuba, Chile, Ecuador, Perú, Colombia y de todas aquellas naciones hispanohablantes es el español, mientras tanto en España es el castellano, absurdo ¿no?

Borges escribe en español, al igual que Vargas Llosa, cuyo discurso al recoger el premio Nobel de literatura fue maravilloso sobre la lengua española. Lo que no quiere decir que el gallego, catalán, aranés, fabla aragonesa, euskera, etc., no sean también lenguas españolas. ¿Cómo se mide la potencia, la universalidad de una lengua? La UNESCO tiene un parámetro que mide el número de personas hablantes de una determinada lengua no nativas de la región o país originaria de esa lengua. En función de este parámetro el español es la segunda lengua más hablada y extendida en el mundo por detrás del inglés.

Gastar en crisis o sin crisis 12.000 euros por sesión, suma que ascenderá a los 360.000 euros al cabo del año es un despilfarro de dinero público y una desvergüenza. Nada ilustra mejor el despilfarro y la frivolidad en el gasto público que el show ofrecido en el Senado cuando sus señorías recurrieron a la traducción simultánea. Ver como un español le pone un pinganillo a otro es de merluzos, es una gilipollez supina y una estupidez aldeana. Tanto nacionalistas como socialistas se merecen un castigo ejemplar en las próximas elecciones autonómicas. Gastarse esta cantidad de dinero para escenificar un no sé qué cuando todos hablan en español en los pasillos es una aberración y una majadería. No me extraña que los políticos sean el tercer problema más importante para los españoles. El Senado se ha convertido en un circo, en un show nacionalista.

Este show no va de pluralidad, ya que la pluralidad, desde el punto de vista lingüístico, está garantizada allí donde debe estarlo que es en los parlamentos autonómicos. Esto va de conflicto y separación. Este esperpento pretende bailarles el agua a los nacionalistas, pero ya sabemos que la sensatez con los nacionalistas y socialistas en España es como el agua y el aceite, como el polo positivo y el negativo, se repelen.

El tinglado de intérpretes del Senado no viene a ser más que la muestra de la inutilidad de esa Cámara a la que nadie logra encontrar un papel ni un sentido en el mapa institucional de la democracia. ¿Qué función desempeña? ¿Qué sentido tiene? Es una simple Cámara de segunda lectura para que la Cámara Baja tenga la última palabra, luego, hay que decir que no es nada útil y gasta mucho dinero del contribuyente.

Ahora, si la Cámara Alta tuviese unas funciones específicas, que no tiene, como someter a examen a los cargos públicos o a los embajadores nombrados por el presidente, cosa que hace el Senado de EE.UU. O cuando son colegisladoras, es decir, por ejemplo, el presupuesto del Estado no se aprueba si no están de acuerdo las dos Cámaras. En estos casos si valdría para algo el Senado que haría de contrapoder, de contrapeso contribuyendo a que el Estado esté mejor protegido contra los abusos del ejecutivo. Nuestro Senado es, en teoría, una Cámara de representación territorial y no hace todo lo anterior. Nuestro Senado es, en teoría, una Cámara de las Autonomías ¡Falso! Los temas autonómicos se deciden también en el Congreso. Por lo tanto, nuestro Senado es una Cámara bastante inútil que al final acaba montando espectáculos esperpénticos como el de los pinganillos, fruto de su propia inutilidad.

Si tenemos un Senado éste tiene que responder a la sociedad civil. En EE.UU. cada Estado tiene dos senadores, o sea, California tiene dos al igual que Texas o Virginia con independencia de los habitantes de cada Estado. Eso sí que es una Cámara de representación territorial, porque están todos los territorios igualmente representados, mientras que la nuestra no ya que depende de los habitantes de cada Autonomía. En esta Cámara lo próximo que se pedirá será ir a los plenos vestidos con los respectivos trajes regionales de su comunidad.

No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor traductor que aquel a quien nadie quiere atender. La esperpéntica imagen de Manuel Chaves, andaluz y del PSA, escuchando por sus auriculares el discurso traducido al castellano de José Montilla, andaluz también y del PSC, ya será lo habitual en el Senado. El ridículo de los pinganillos es una muestra más de la debilidad de un gobierno que no tiene ni capitán ni rumbo y cuyo segundo al mando sólo se preocupa de continuar mintiéndonos, rodeado por un grupo de “marineros” que jamás han navegado en un barco y que pretenden reinventar nudos marinos según su sectarismo ideológico. Como los españoles no apuesten por otro gobierno que no tenga nada que ver con los socialistas o nacionalistas naufragamos seguro.

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