Objetaremos a Ciudadanía como se hizo con la mili

 

 Comenzamos por los Lozano, una de las miles de familias que han comenzado una rebelión pacífica contra Educación para la Ciudadanía.

A estas alturas, ya no saben si son una familia tradicional o una especie en vías de extinción como el lince ibérico. Tienen seis hijos y nadan a contracorriente en una perpetua carrera de obstáculos; el último, para ellos, ha llegado en forma de una asignatura llamada Educación para la Ciudadanía.

Su letanía de quejas es larga. De nada sirve comentar que en 22 de los 27 países de la UE se imparte una materia similar. Porque, a su juicio, la asignatura no se limita a enseñar valores y comportamientos cívicos, sino que se entromete en el terreno íntimo de la educación moral de los niños.

Rafael y su esposa Lola están dispuestos a llevar su objeción de conciencia hasta las últimas consecuencias y se negarán en rotundo a permitir que su hija de 12 años acuda a clases de Educación para la Ciudadanía si empieza a impartirse el curso que viene en la Comunidad de Madrid.

‘Laicismo impuesto’
«Esto es como en el Ejército. Si eras objetor, no ibas a la mili. Mi hija no va a entrar a esa clase, porque no respeta nuestra forma de entender la familia. La asignatura se puede convertir en un adoctrinamiento colectivo y luego, los niños no van a ser libres de poder elegir», asegura Rafael Lozano, de 38 años, en el poco tiempo libre que le dejan su trabajo como autónomo y educar a sus seis retoños.

¿Qué tiene esta asignatura para lograr 24.000 objeciones de conciencia desde que ha comenzado a impartirse? Las explicaciones son varias: que si fomenta una visión excluyente de la vida, que si impone el laicismo forzoso, que si enfoca la sexualidad de una manera sesgada.

«El Gobierno no debe decidir qué es lo que está bien o lo que está mal. Es algo que no tiene que imponerse por ley. Los padres somos quienes tenemos que elegir la cuestión moral de nuestros hijos y no el Gobierno de turno. No tiene que haber una religión católica obligatoria, pero tampoco un laicismo obligatorio», critica Lozano desde su piso en el madrileño barrio de Moratalaz.

Desde luego, si algo les indigna es que algunos manuales de la asignatura identifiquen a la familia moderna con una pareja de lesbianas que ha adoptado a un niño y a la familia tradicional, con una de la época de Franco. «¿Es que nosotros no podemos ser modernos?», se pregunta Lola.

Durante la campaña electoral, esta familia canaria echa de menos promesas y más ayudas concretas a la familia, ya que consideran irrisorias las que actualmente se conceden en España. Para ellos, la solución sería una ayuda universal de 125 euros por cada hijo a cargo y, desde luego, que el Gobierno favorezca las excedencias y los permisos sin sueldo para que las mujeres puedan decidir quedarse en casa.

Lola dejó su trabajo para cuidar de sus hijos y se siente desamparada. Ni el Gobierno ni la sociedad dan ninguna ayuda a las amas de casa, que están incluso mal vistas por la sociedad: «Tener un hijo es un obstáculo y está incluso mal visto quedarse en casa para cuidarlo. No tengo ningún tipo de incentivo».

A pesar de todo, piensan que su lucha merece la pena y, desde luego, no piensan permitir que el Ejecutivo les arrebate una parte importante de la educación de sus hijos.

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